Archivos Mensuales: abril 2011

Conferencia de Mario Ortega, Leon Schettler y Juan López de Uralde en Granada –reportaje poético

Compártelo:
Share

Anuncios

Comentario a “En la ciudad digital” de Daniel Bellón

en  http://www.islasenlared.net/en-la-ciudad-digital

Interesante artículo. Creo que dices cosas que mucha gente sabe o intuye, de manera más o menos consciente, pero que nunca se dice en/sobre el mundillo (nunca fue más apropiado un diminutivo) literario. Ya sabes, hay que guardar las formas, pues comemos de la misma tarta y participamos en la misma fiesta, etc.

Me ha dado mucha tranquilidad leer tu texto porque responde a muchas de las inquietudes que me planteo desde hace mucho años.

Sólo una discrepancia: No estoy muy seguro de que haya muerto el público. En una lectura tú sientes al público presente, lo oyes y lo percibes, si estás atento, participar o pasar de lo que dices aunque se mantenga en silencio. En el caso de una edición, se mide por la venta, pero en Internet el público se muestra, toma la palabra y, esto, aunque es una ventaja es también una desventaja, pues rompe la soledad creativa. Y si no se muestra y lo consideras por el número de visitantes a tu blog entonces ni lo oyes, ni lo sientes… es un número, una abstracción. Pero está ahí, el público existe.

Otra cosa: en mi comentario al post “De la rabia al asco. Qué está pasando” de Vicente Luis Mora  donde me posiciono y lloro por mi generación ausente digo al final:

No, no es ahora el momento del asco y de la rabia, ni siquiera de la línea crítica, resistencia y barricadas, es el momento del regreso progresivo (Salvador Pániker). Sí, Daniel Bellón se te escapa una. En el momento del decrecimiento esa es la lucha. Seguiremos siendo los ausentes.

http://vicenteluismora.blogspot.com/2011/04/que-esta-pasando-de-la-rabia-al-asco.html

Te aclaro:

He estado, asqueado del mundo literario en mi juventud, mucho tiempo ausente (no de la escritura sino de la relación con escritores). Ahora veo por algunos jóvenes (al menos más que yo) que no es un asunto personal ni que afecte exclusivamente a mi generación (aunque quizá fuimos los primeros, en nuestro país me refiero… ), sino que es la identidad de nuestro tiempo. Mi actitud ha pasado de la “resistencia y barricadas” de mi primera juventud al “asco y la rabia”. Últimamente, y sin pasar a esa que tú llamas “de luces inefables e insondables vacíos”, se serena y vuelve a su origen. De ahí lo de regreso progresivo o retroprogresivo. Esta actitud no significa un regreso a lo primitivo sino a lo primordial. Lo expliqué con algo de detalle en un texto (Manifiesto por un arte primordial) que tendría que matizar y corregir ahora, pues es de 2008 y mucho he comprendido desde entonces. Sin embargo, sigo estando de acuerdo en que el poeta, el artista en general:

en lugar de tomar partido (como habitualmente se nos exige) afiliándose a una de las múltiples opciones, que en forma de tendencias fragmentan de manera tribal el panorama artístico actual, debe ver estas tendencias como lo que realmente son: técnicas, métodos, maneras de acercarse a la realidad, de concebir el mundo y que, por tanto, todas pueden serle útiles, instrumentos para la investigación (y su correspondiente expresión), sin perder de vista que el mapa no es el territorio, el modelo no es lo descrito, la obra no es su referente. La totalidad de la vida en su enorme complejidad, en su asombrosa sencillez, es la materia prima del poeta, del artista.

http://eljaina.blogspot.com/2008/02/propuesta-para-un-arte-primordial.html

Volver a origen, a lo primordial significa por tanto volver al centro de uno mismo, de lo que realmente somos, en una investigación sin límites. En esta actitud o práctica no hay nada de primitivismo, pues el origen no está necesariamente en el pasado, aunque los primitivos estén por lo común aunque no necesariamente, más cerca del origen que los civilizados. Por eso adopto el término retroprogresivo que acuña Pániker en Aproximación al origen.

En este sentido es en el que digo que “se te escapa una”. Y no sólo a ti, creo.

Saludos.

Compártelo:
Share

La institución no es orden. Subvierte el orden natural y paraliza las energías creadoras de la vida.

Cuando la institución degenera en burocracia, tal y como sucede hoy, se convierte en una energía inquisidora y destructiva.

El mal de nuestra época no es el poder que dimana de una ideología o política determinadas, sino la misma política institucionalizada, por cuanto asume la necesidad de la burocracia. No importa si es o no democrática. Toda burocracia es tiránica, al convertir a los seres humanos en números y piezas de una máquina.

La burocracia destruye a las personas y pervierte la vida al no tener en cuenta las diferencias reales entre los condicionamientos particulares y situaciones concretas.

Cualquier estallido revolucionario (ya sea en la sociedad o en los individuos) supone una liberación de los bloqueos institucionales (sociales) o somático-caracteriológicos (individuales). Pero vuelven a lo mismo, se regeneran, cuando determinadas fuerzas o personas reconstruyen las instituciones con distinta forma.

Mantenerse (ya sea social o individualmente) en revolución permanente es dejar que actúe en nosotros el orden de la vida. Esto exige inteligencia para ver el miedo a ser simplemente lo que somos.

Lo que somos sólo es posible a partir de un diálogo sin objetivos ni condiciones previas.

Sin embargo, preferimos seguir siendo esclavos de la máquina que nosotros mismos hemos creado, preferimos vivir en la cárcel que a la intemperie. Nos da seguridad formar parte de algo.

Mi comentario a “Qué está pasando. De la rabia al asco” de Vicente Luis Mora.

Vicente Luis Mora ha publicado en su blog Diario de lecturas un magnífico artículo sobre la actualísima literatura de la rabia y del asco. Mi enhorabuena.

Este es mi comentario:

Ahora me entero –y yo en la inopia como siempre- de esta literatura de la rabia y el asco. Perdona que me ponga a contar batallitas pero eso es mucho más antiguo: para mi generación –los más jóvenes de la lucha antifascista o por la democracia, con un pie en cada régimen- comenzó cuando los políticos vendieron nuestra lucha y nuestra sangre por un futuro sin futuro. Después dijimos: “y menos mal que no ganamos, pues nuestros mayores lo que propugnaban eran la dictadura del proletariado”. Y luego, la movida… los niñatos que venían frescos por no haberse roto en la lucha callejera clandestina coparon el mercado desplazándonos con sus consignas: ya no hay futuro, el arte es el mercado. Sin discurso, en la cuneta, probamos el asco de los malditos. Lo conté ya de vuelta de todo ello -en la década de los 90- en mi novela Periferia o muerte.

Quien quiera puede bajársela gratuitamente.

Todo eso estaba ya, sin pena ni gloria, en El espíritu de la serpiente.

Pero aún no había llegado el asco a la literatura, aún estábamos en una época de prosperidad y progreso, aunque alguno ya veíamos las orejas al lobo. Y ahora, cuando el lobo está aquí, comienza a verse el asco y la rabia en la literatura. Qué perspicacia.

Nosotros, la gente de mi edad (nací cien años después de Rimbaud), la que no se ha vendido al sistema (si es que queda alguno), no somos una generación, sino una intergeneración que en realidad no existe. Ni los mayores del 50 nos aceptaron por no tragar con su socialdemocratismo o su comunismodemocráticodelaconciliación, ni los del 68, que en este país ni existió, pues vivíamos aún en la posguerra. Para la transición y la movida llegamos demasiado tarde. Nuestro discurso pasó del nihilismo (el asco y la rabia actual) a la investigación en nuestros orígenes buscando algo auténtico-raíz a la asirnos y sostenernos. Y ahora que vamos sacando algo en claro llega el pasado (el asco y la rabia ya superada) a sobreponerse de nuevo al futuro que viene.

Pues eso, a un paso por delante, ausente,… lo que por otro lado podría suponer una ventaja, pero no precisamente hoy en el que se valora la instantaneidad y a nadie le interesa demasiado quienes sean los que le precedieron.

Me temo mucho que ese asco y rabia sea un lujo de señoritos del primer mundo. Mientras aquí nos asqueamos los africanos trepan las rejas del paraíso del primer mundo. Aquí todo es simulacro (Baudrillard).

La literatura, así, siempre a un paso detrás de la realidad, excepto en algunos poetas videntes (de ahí la exigencia de Rimbaud).

No, no es ahora el momento del asco y de la rabia, ni siquiera de la línea crítica, resistencia y barricadas, es el momento del regreso progresivo (Salvador Pániker). Sí, Daniel Bellón se te escapa una. En el momento del decrecimiento esa es la lucha. Seguiremos siendo los ausentes.

 

 

Del blog de Agustín Fernández Mallo: Juan Villoro: el fin de una utopía: el tiempo topológico nos lleva, en un movimiento retroprogresivo (Salvador Pániker), a algo mucho más antiguo…

Interesante reflexión: el tiempo topológico nos lleva, en un movimiento retroprogresivo (Salvador Pániker), a algo mucho más antiguo: los diagramas de conocimiento o mandalas, al teatro de la memoria, en fin, que en definitiva son las topologías de la red.

Del: blog de Agustín Fernández Mallo -El hombre que salió de la tarta

El Jueves 7, Juan Villoro publicó en El Periódico, este interesante texto, acerca de los modelos de comunicación. En él cita unas ideas contenidas en una conferencia, Tiempo Topológico, que di en Mexico hace un año, y que después, ampliada, di en las Universidades de Brown y de Cornell (la conferencia será publicada ahora por esta última Universidad).

Copio y pego el artículo (la ilustración no es del original):

El fin de una utopía

Juan Villoro

Jueves, 7 de abril del 2011

Pertenecemos a la primera generación que vio desaparecer las cartas. Aunque aún es posible escribirlas, se trata de un modo arcaico. John Berger encontró en su novela De A para Y una razón contemporánea para establecer una relación epistolar: su protagonista está preso y solo así puede comunicarse con su pareja; alguien cautivo en el espacio acude a un género que depende del tiempo.

De acuerdo con Paul Virilio, la modernidad se obsesionó por controlar el espacio en la misma medida en que la posmodernidad se obsesiona por controlar el tiempo. Goethe anticipó este desarrollo al describir a la naciente sociedad burguesa como un compendio de «abundancia y velocidad».

La flecha del tiempo se ha acelerado. La paradoja de tanta prisa es que la comunicación contemporánea no es un relato que se escriba en un decurso temporal: internet representa, ante todo, un lugar. Lo que ahí se encuentra procede de diversas temporalidades.

Al ser instantáneo, el correo electrónico se sitúa en un presente eterno. Más allá de las fallas de los servidores o los azarosos filtros del spam, la comunicación digital no admite pausas ni depende de las posposiciones; no busca establecer un ritmo con un antes y un después. Todo lo que ahí se encuentra es instantáneo, aunque se trate de citas clásicas.

El escritor Agustín Fernández Mallo ha observado que fuera de la red, contamos una historia; dentro de ella, la construimos. A diferencia de los diarios y las correspondencias, los blogs y el correo electrónico no son discursos cronológicos, sino acumulaciones en el espacio. Obviamente, no hay relato sin tiempo; en consecuencia, Agustín Fernández Mallo propone la categoría de «tiempo topológico» para referirse a un transcurrir sobredeterminado por el espacio.

En el año 1924, en su comedia Easy virtue, el dramaturgo Noel Coward distingue un matrimonio por conveniencia de una relación con «amor y cartas». Una pasión sin correo, es decir, sin pausas, esperanzas y zozobras, carecía totalmente de interés.

Escribir cartas es un ejercicio de sustitución: dos personas se encuentran en el papel. Solo la separación radical de los corresponsales permite que una carta sea una restitución del ausente. Perdida esa utopía, nos asomamos a la pantalla en busca de la ilusión que vendrá.