La institución no es orden. Subvierte el orden natural y paraliza las energías creadoras de la vida.

Cuando la institución degenera en burocracia, tal y como sucede hoy, se convierte en una energía inquisidora y destructiva.

El mal de nuestra época no es el poder que dimana de una ideología o política determinadas, sino la misma política institucionalizada, por cuanto asume la necesidad de la burocracia. No importa si es o no democrática. Toda burocracia es tiránica, al convertir a los seres humanos en números y piezas de una máquina.

La burocracia destruye a las personas y pervierte la vida al no tener en cuenta las diferencias reales entre los condicionamientos particulares y situaciones concretas.

Cualquier estallido revolucionario (ya sea en la sociedad o en los individuos) supone una liberación de los bloqueos institucionales (sociales) o somático-caracteriológicos (individuales). Pero vuelven a lo mismo, se regeneran, cuando determinadas fuerzas o personas reconstruyen las instituciones con distinta forma.

Mantenerse (ya sea social o individualmente) en revolución permanente es dejar que actúe en nosotros el orden de la vida. Esto exige inteligencia para ver el miedo a ser simplemente lo que somos.

Lo que somos sólo es posible a partir de un diálogo sin objetivos ni condiciones previas.

Sin embargo, preferimos seguir siendo esclavos de la máquina que nosotros mismos hemos creado, preferimos vivir en la cárcel que a la intemperie. Nos da seguridad formar parte de algo.

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