Archivos Mensuales: febrero 2015

A contratiempo

Hoy rescato este texto que compuse para mi presentación como cantautor en la Tertulia, en noviembre de 2013, y que no leí entonces.

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Entonces estábamos todos encantados, me refiero, claro está, a todos los que estábamos (encantados, ilusionados, convencidos, animados), pero, luego… ay, luego… a los traidores les quedó toda la razón que nos robaron.
Y así nació el desencanto, la decepción, el desengaño. Como Faetón que quiso alcanzar el sol, caímos y seguimos hundiéndonos hasta el fango. A quién le importa eso, hay que ser positivos.
Y como era poeta hice lo nos pedía Rimbaud: encanallarme todo lo posible.

Dice el poeta:

El primer objeto de estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, completo; se busca el alma, la inspecciona, la prueba, la aprende. Cuando ya se la sabe, tiene que cultivarla; lo cual parece fácil: en todo cerebro se produce un desarrollo natural; tantos egoístas se proclaman autores; ¡hay otros muchos que se atribuyen su progreso intelectual! — Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva.

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, — ¡y el supremo Sabio! — ¡Porque alcanza lo desconocido!

Y dice Pere Gimferrer, que no acabó anulado sino académico de la lengua:

“… y los poetas acaban así: heridos, anulados, muertos-vivos, y por eso los llaman poetas.”
Pero, la presión del “lo mismo si alcanzo una victoria desastrosa como si sucumbo, el combate será hermoso: yo solo contra la humanidad” (que declara Lautremont), del maldito que hace “un pacto con la Prostitución para sembrar el desorden en las familias”, no puede mantenerse durante mucho tiempo. Lautremont se desvaneció en la historia (quizá ni existió), Rimbaud se hizo traficante y antes de morir se convirtió a la religión de la que había renegado. Nosotros nos hicimos intimistas, sentimentales, hedonistas antes de volver al civismo y reencantarnos débilmente, como corresponde al espíritu de nuestro tiempo.

Resultado de aquella indagación en las sombras es mi libro “El espíritu de la serpiente”, un libro sólo para espíritus que se atreven a reptar porque quieren aprender a volar, y “Periferia o muerte”, novela a partir del diario del verdadero autor de aquel libro.

Como todos los malditos yo era un moralista.

Sin embargo, no fue esa la tendencia:

Dejamos atrás a los poetas fuertes que cantaron a la inmensa mayoría su poesía como un arma cargada de futuro y dijimos ¡presente! como el soldado en el batallón de los dispuestos a morir por baratijas. Consumiento el presente blando que dura el tiempo de la simulación.
En realidad no habíamos salido de la esfera del encantamiento, simplemente habíamos cambiado el objeto del deseo. Antes lo poníamos fuera, en los otros, ahora, dentro, en nosotros mismos. Así, cuando volvieron las condiciones favorables de los encantamientos, nos volvimos cívicamente escépticos. Algo aprendimos:

1. El proceso es circular y se regenera a sí mismo.
2. No se puede escapar de él a través de su opuesto.
3. Solo podemos superarlo introduciendo una nueva actitud, que llamaremos ludismo y se basa en la comprensión de que la vida es un juego. Esta actitud ya estaba en poetas como Juan de Loxa. No se trata de ganar o perder sino de jugar a tiempo o a contratiempo.

Juan de Loxa es el maestro que nunca quise tener. Nunca quise maestros vivos, sino estanterías repletas de libros… pero Juan de Loxa se hace querer. Creo que él tampoco cree en los maestros.

En fin, como dice Brassens:

Mourir pour des idées,
c’est bien beau mais lesquelles?
Mourrons pour des idées,
d’accord, mais de mort lente.

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