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Una novela no es solo información

Leo por ahí: “Una novela no es más que un caudal de información.” Punto de vista de la literatura entendida como producto de consumo, que inevitablemente produce obras débiles, triviales. Hay muchas clases de novela, pero la literatura no es periodismo. Muchas escuelas de escritura enseñan a redactar (el cuerpo de la literatura), pero dejan a un lado el espíritu del creador. Dicen que eso no puede enseñarse, y tienen razón: aunque sí se puede aprender a discernir, a descubrirlo en uno mismo.
Diríamos, más bien: una novela es también un canal de información. La infraestructura de una novela no es la información, sino la emoción, el sentimiento, el conocimiento del mundo y el autodescubrimiento que produce en el lector. El contenido, aunque se apoye en las palabras, se encuentra más allá del significado evidente y convencional de las palabras, por eso, más que informar, forma.
Que la novela es un caudal de informacion solo es válido para los que leen para no aburrirse, pero este tipo de lector no debería interesar al escritor, a no ser que quiera convertirse en un mero amenizador de hastiados en una tarde de domingo.

Publicada en Guía del escritor.

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Literatura en la Red

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Hoy se está haciendo buena literatura en las redes sociales, en las páginas web y blogs, en ciertos foros… me refiero a literatura in situ, de autores que utilizan internet como medio y no solo para promocionar sus libros. Se han roto fronteras y el territorio de la escritura se ha abierto, ya no pertenece solo a los profesionales. Hoy cualquiera puede escribir y autopublicar sus libros sin apenas conocimientos especializados. Esto tiene sus riesgos, el lenguaje se degrada porque todo vale: un libro es un montón de palabras seguidas, de páginas escritas… pero un buen libro es mucho más que eso. Es difícil definir qué es un buen libro (o texto), pero no qué es uno malo.

Un buen texto es aquel que dice exactamente lo que su autor quiere decir; un mal texto, solo se aproxima.

Un buen libro no lo hace una buena historia. Qué puede gustar de una historia que ya conocemos sino la manera de contarla. Por eso, no las buenas historias sino las historias bien contadas no mueren nunca.

Un mal libro puede partir de una buena idea, puede tener una buena intención de base, un buen argumento, pero a un libro lo hace la expresión, el lenguaje, el cómo no el qué. No se escribe un libro con ideas sino con palabras, por tanto, lo que necesita el escritor no son buenas ideas sino palabras claras, bien dichas, bien ensambladas, palabras que digan con precisión lo que ve, lo que siente, lo que piensa. Sin embargo, leo textos que son solo intenciones, proyectos.

En un buen texto cada palabra, cada frase, tiene un valor en sí misma, es intencionada. Un buen escritor no escribe en función de ninguna utilidad comunicativa, ni estética, ni expresiva, sino que se entrega al arte de decir lo que tiene que decir en el instante mismo de la escritura.

Hay buenos libros que, aunque aburridos, son sabios, interesantes, sabrosos. Un buen texto es un placer para el que sepa saborearlo, aunque esté poco o demasiado condimentado. Un mal texto puede estar muy bien presentado, pero si su sabor es vulgar o insulso, si no aporta nada nuevo o solo entretenimiento a los que no piden demasiado, solo placerá a esos paladares groseros que solo buscan nuevas sensaciones y no alimentarse.

Publicado en Guía del escritor

 

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Presentación del libro “Hablando en plata” de Luis Miguel Sánchez Tostado

Todo un placer encontrarse con amigos y maestros de la escritura como Andrés Cárdenas Muñoz y Luis Miguel Sánchez Tostado, de los que siempre se aprende. Todo un gusto participar en la presentación de los 25 años literarios de este último. Hablando en Plata es un libro que merece la pena leer. Autores con Luis Miguel, que habla y escribe en plata, son cada vez más necesarios en la vida literaria de este país.

 

 

 

A contratiempo

Hoy rescato este texto que compuse para mi presentación como cantautor en la Tertulia, en noviembre de 2013, y que no leí entonces.

——–
Entonces estábamos todos encantados, me refiero, claro está, a todos los que estábamos (encantados, ilusionados, convencidos, animados), pero, luego… ay, luego… a los traidores les quedó toda la razón que nos robaron.
Y así nació el desencanto, la decepción, el desengaño. Como Faetón que quiso alcanzar el sol, caímos y seguimos hundiéndonos hasta el fango. A quién le importa eso, hay que ser positivos.
Y como era poeta hice lo nos pedía Rimbaud: encanallarme todo lo posible.

Dice el poeta:

El primer objeto de estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, completo; se busca el alma, la inspecciona, la prueba, la aprende. Cuando ya se la sabe, tiene que cultivarla; lo cual parece fácil: en todo cerebro se produce un desarrollo natural; tantos egoístas se proclaman autores; ¡hay otros muchos que se atribuyen su progreso intelectual! — Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva.

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, — ¡y el supremo Sabio! — ¡Porque alcanza lo desconocido!

Y dice Pere Gimferrer, que no acabó anulado sino académico de la lengua:

“… y los poetas acaban así: heridos, anulados, muertos-vivos, y por eso los llaman poetas.”
Pero, la presión del “lo mismo si alcanzo una victoria desastrosa como si sucumbo, el combate será hermoso: yo solo contra la humanidad” (que declara Lautremont), del maldito que hace “un pacto con la Prostitución para sembrar el desorden en las familias”, no puede mantenerse durante mucho tiempo. Lautremont se desvaneció en la historia (quizá ni existió), Rimbaud se hizo traficante y antes de morir se convirtió a la religión de la que había renegado. Nosotros nos hicimos intimistas, sentimentales, hedonistas antes de volver al civismo y reencantarnos débilmente, como corresponde al espíritu de nuestro tiempo.

Resultado de aquella indagación en las sombras es mi libro “El espíritu de la serpiente”, un libro sólo para espíritus que se atreven a reptar porque quieren aprender a volar, y “Periferia o muerte”, novela a partir del diario del verdadero autor de aquel libro.

Como todos los malditos yo era un moralista.

Sin embargo, no fue esa la tendencia:

Dejamos atrás a los poetas fuertes que cantaron a la inmensa mayoría su poesía como un arma cargada de futuro y dijimos ¡presente! como el soldado en el batallón de los dispuestos a morir por baratijas. Consumiento el presente blando que dura el tiempo de la simulación.
En realidad no habíamos salido de la esfera del encantamiento, simplemente habíamos cambiado el objeto del deseo. Antes lo poníamos fuera, en los otros, ahora, dentro, en nosotros mismos. Así, cuando volvieron las condiciones favorables de los encantamientos, nos volvimos cívicamente escépticos. Algo aprendimos:

1. El proceso es circular y se regenera a sí mismo.
2. No se puede escapar de él a través de su opuesto.
3. Solo podemos superarlo introduciendo una nueva actitud, que llamaremos ludismo y se basa en la comprensión de que la vida es un juego. Esta actitud ya estaba en poetas como Juan de Loxa. No se trata de ganar o perder sino de jugar a tiempo o a contratiempo.

Juan de Loxa es el maestro que nunca quise tener. Nunca quise maestros vivos, sino estanterías repletas de libros… pero Juan de Loxa se hace querer. Creo que él tampoco cree en los maestros.

En fin, como dice Brassens:

Mourir pour des idées,
c’est bien beau mais lesquelles?
Mourrons pour des idées,
d’accord, mais de mort lente.